lunes, 9 de febrero de 2009

La amistad



A partir de hechos irrefutables he llegado a la conclusión de que mi destino está íntimamente ligado con el verbo dar. Dando he descubierto algunos corazones tan diáfanos como el cristal. Aunque debo reconocer que no siempre ha sido así. En un principio me costaba ir cediendo parte de mí; es decir, mis tesoros los guardaba celosamente con cientos de cerraduras, ¿sabes lo que pasaba? Tenía el alma tan falta de calor que irremediablemente me moría de frío. Pero todo esto viene a cuento porque ayer volvimos a encontrarnos después de… no sé cuántos años han pasado desde aquel día en que tomamos caminos diferentes. Verte un poco más madura, pero tan viva, me llenó de ternura e inconscientemente posé mi cabeza entre tus pechos y te di un largo abrazo, en el preciso instante en que el cantante decía: “…vivo por ella sin saber si la encontré o me ha encontrado…” Noté tu turbación y te pregunté:

-¿Te molesta que te abrace?

-No, no es eso, dijiste. -Solamente que no estoy acostumbrada a esas muestras de cariño de tu parte.

La noche se fue volando.
Nos dijimos adiós con la certeza de volvernos a encontrar, ya sin ataduras, sin temor a descubrir nuestras debilidades y fortalezas, conscientes de que uno y otro estará ahí esperando que el destino nos reúna una vez más.

Ella es mi amiga y espero tenerla cerca mucho tiempo, todo el necesario para incendiarla y, que su calor queme los últimos témpanos de hielo que corren por mis venas.

martes, 3 de febrero de 2009

¡A volar!


-¡Moriremos, todos vamos a morir! Se escuchan las voces desesperadas de todos los pasajeros del vuelo 302 de Aeroexpress.

Son exactamente las 15:30 horas del día martes 13 de enero de 2008. El avión sigue su caída irremediablemente. La capitana de la tripulación, mujer con mucha experiencia, intenta por todos los medios a su alcance someter a su control al aparato que se desploma como ave herida. Las medidas de seguridad, todas sin excepción, son acatadas al pie de la letra.

Llevan dos minutos cayendo, pero para ellos ha sido un siglo de angustia.

Entonces ella, en una fracción de milisegundos, piensa que lo mejor es hablarles a los pasajeros, tranquilizarlos:

-¡Señores, señoras, niños, niñas! ¡Todos dejen de temer ahora! debemos orar, calmarnos, que todo saldrá bien. Vamos a acuatizar en el lago de La Concordia. Su voz es firme y convincente, con cierto olor a miel recién sacada de la colmena, como a pan calientito, sus palabras se tornan en bálsamo que atempera los nervios de todos los pasajeros.

El tiempo literalmente vuela y ya han caído 30 segundos más.


La nave sigue cayendo cuando yo me acerco y le digo a la capitana:

-Ya hija, deja de jugar con tus avioncitos que se caen, que tienes que ir a la escuela.

Ella, contrariada, lanza lejos de si el juguete y se hace pedazos sin llegar a tocar nunca una especie de lago dibujado en el piso.

lunes, 26 de enero de 2009

El sueño americano


Fue una mañana fría, yo entonces tendría seis años, papá me llenaba de besos y mamá trataba de cubrirme con el suéter estampado de rosita fresita. “Cuidas mucho a la niña, no olvides llevarla a que le pongan la vacuna dentro de una semana…”, le decía papá a mamá y de los ojos de ella brotaban unas gruesas lágrimas. No comprendía el por qué de tanta tristeza si solamente estaríamos separados, cuando mucho, unas dos semanas. Pronto nos reuniríamos con él, una vez que ya estuviera establecido en los Estados Unidos. Mi papá tenía pintada una sonrisa que me pareció extraña, no era la que yo conocía, ese día pensé que era el frío de enero lo que me hacía verle así.

El autobús partió exactamente a las siete de la mañana. Muchas de las familias que fuimos a despedir a nuestros parientes nos quedamos un ratito más mirando el horizonte adonde el carro se había marchado. Había muchos niños y niñas jugando como si fuera un día normal. Ya he dicho que no había motivo para ponerse tan triste, pero cuando miré desaparecer el camión en la lejanía, sentí algo muy feo dentro de mí.

A los pocos días recibimos una carta escrita con tanta alegría que a mi mamá le provocó un entusiasmo contagioso. Ella que casi no comía, ese día se comió casi un pollo entero. Y yo me puse a repasar el libro: “Inglés para niños” con inusitada claridad que aprendí como 150 palabras de un tirón.

Pasó, algo así como dos meses, hasta que recibimos otra carta con el mismo tono que la anterior. La historia se repitió.

Después de esa segunda carta, esperamos y esperamos a que llegara una tercera, pero hasta ahora no hemos vuelto a saber de papá. Mamá empezó a tener un humor negro que solamente se le pasaba golpeándome. Por los castigos que me daba llegué a odiarla y creí que no soportaría por mucho tiempo seguir viviendo así. Pero entonces se apareció en nuestras vidas el “tío Antonio”. Antonio era un hombre que me compraba muchos dulces y a mamá perfumes. Ella se ilusionó mucho y se olvidó de golpearme. Yo los odiaba a los dos. No quería a aquel papá postizo. Solamente duraron algo así como dos meses. Mamá volvió a golpearme.

Un segundo hombre llegó, de nombre Manuel y mamá otra vez ocupó sus energías a amar a aquél. Éste no me caía tan mal, puesto que me trataba muy bien, incluso le gustaba quedarse en mi cama a jugar. Aunque eran unos juegos muy raros, ya que uno debía estar completamente desnudo, era como un doctor. Tenía que tocar todo para saber donde estaba la enfermedad, pero este juego solamente lo practicamos cuando mamá salía a trabajar.

Manuel hizo algo que me lastimó mucho, ahora estoy en el hospital, esperando no sé que, ya he perdido mucha sangre así que me siento muy débil. Lo único que mantiene despierta es pensar que mi papá ahora está escribiendo esa tercera carta y que pronto la tendré entre mis manos…

lunes, 19 de enero de 2009

Esperanza


Una mañana cualquiera, sin ganas de nada, echado sobre el césped de Caña Hueca. En esos días en que estás tan deprimido que empiezas a confrontar a los grandes: Kant, Marx, Platón, Sócrates, etcétera, con tus pequeñas guerrillas internas. Casi me quedaba dormido cuando el azar me golpeó en forma de pelota. Si estás adormilado, con problemas existenciales y recibes un golpe en pleno rostro, ¿qué harías? Yo me levante echando madres y babeante de coraje. Entonces apareció ella, con su timbre de niña buena, diciendo: “Usted perdone, lo que pasa es que tenemos demasiada energía.” ¿Cómo negarle algo a aquélla criatura divina? La perdone en el acto y no sólo eso, sino que me ofrecí a recoger el balón, siempre que el ímpetu lo llevara lejos de ellas.

Así conocí a una mujer, bueno a dos, pero la otra no forma parte de esta historia.

Ella tenía un buen empleo. El mío no era tan bueno, pero suficiente para irla pasando. Nos dijimos todo, estacionados en el Café Avenida. Después la amistad evolucionó en algo que se tornó amor y el amor nos llevó a encerrarnos horas enteras en cualquier motel, teníamos sexo desenfrenado, recorrimos los caminos que los amantes exploran, después leíamos: temas de política local, nacional, literatura y hasta nos dábamos tiempo para criticar los escritos de un poeta amigo mío, compañero de trabajo.

Nunca fui tan feliz, pero la felicidad está condenada a ser efímera, que se marchó desde el momento en que ella perdió el “buen empleo”. Empezó a mostrar su peor cara, nos reuníamos sí, pero ya no hacíamos el amor, nos limitamos a leer algunos diarios.

Y como las desgracias nunca vienen solas, me llegó a mí también el desempleo. Como dos desempleados que éramos, tuvimos que acudir a la biblioteca pública para leer algo, casi no hablamos. Y cuando creía que el fin se acercaba, ella, después de un silencio muy prolongado, dijo:

-Mira no todo está perdido, cayó el Muro de Berlín, las cosas mejorarán…


Eran finales de los ochenta, exactamente un 10 de noviembre de 1989. Las cosas no mejoraron, yo me casé con otra persona y ella se fue a Australia en busca de trabajo.

miércoles, 7 de enero de 2009

El obsequio


Dedicado a esas personitas
que incansablemente soportan
a clientes como yo.

Cuando tengo que regalar algo, invariablemente me pierdo en tres premisas: la primera, que sea barato; la segunda, que sea bueno; la tercera, que sea bonito. Así que hace algunos días tuve que lidiar con esas tres razones. El evento: una boda de una amiga. Me despertaba a la una de la mañana atormentado por el pensamiento de no poder dar con un obsequio que reuniera las tres famosas “b”.

Cuestioné a algunos conocidos sobre que regalarle a alguien que se casa. Recibí múltiples sugerencias que iban desde un par de toallas “El y Ella” hasta un par de anillos.

Cuando se acercaba la fecha fatal y declarándome incapaz de encontrar algo idóneo decidí preguntarle a la susodicha:

-Lo que tú quieras, lo importante es tu presencia.

Respuesta que me pareció bastante diplomática, pero que no lograba resolver el asunto.

-No, dime que te gustaría recibir, -insistí.

-Mmm, quizá un auto.

Ella sabía que eso estaba fuera de mi alcance, pero entendí el mensaje: ¿Para qué preguntas si no me vas a dar lo que te pida?

No puedo negar que ella me atrae fuertemente. Así que medio en broma medio en serio, le dije:

-De alguna forma me gustaría estar presente en la intimidad contigo. Descubrir tus ganas, cubrirte del frío invierno que tenemos en Tuxtla. Así que no encuentro otra forma que regalarte unos calzones.

-Ah, eso me parece bien, dijo sin el menor atisbo de dudas.

Así que ahí me tienen buscando una prenda en una de las muchas tiendas de lencería. Las chicas que atienden esa clase de negocios, al menos las que yo visité, se mostraron muy amables.

-¿Busca algo en especial?, preguntaban.

¡Y claro que buscaba algo verdaderamente especial!

Cuando por fin di con algo adecuado, una tanguita de fino encaje, descubrí con estupor que me faltaba lo más importante: saber las medidas. Pero estoy acostumbrado a sortear veredas inexpugnables, así que, tomando un pequeño impulso, como tigre a su presa. Me apoderé de las caderas de la empleada, que asustada y sin tiempo de reaccionar, esbozaba una sonrisa forzadísima.

Después de mil disculpas, todavía jadeante, dije: “son justas como las de usted”.

lunes, 17 de noviembre de 2008

De porqué cobro como jefa


Muchas veces he pensado que para ser jefa de algo, de lo que sea, debo cultivar algunos atributos inherentes a las personas que están al frente de un grupo de personas. Estoy segura que deben ser seres especiales, con cualidades que no posee cualquier mortal. No sé si alguna vez logre poseerlas, pero es que son realmente admirables. Para que me entiendan les voy a contar lo que me pasó ayer.

El jefe de la coordinación donde trabajo mandó a llamarme, hombre que tiene fama de duro. Estaba muy nerviosa, casi ni sentía las piernas, no lograba articular las ideas y además pequeñas gotitas de orina mojaban mi ropa interior. Es que llevo algo así como tres meses en esta dependencia de gobierno. Entré recomendada por un primo, la cosa está en que desde que ingresé no he tenido nada que hacer, lo único que he hecho es cobrar las quincenas.

Seguramente me va a despedir, estoy segura, estoy segura. Me repetía mentalmente. Le conté a mi primo, el que me recomendó: “tranquila no pasa nada, lo más que puede pasar es que te cambien de área, así que no hay de que preocuparse”, me dijo.

La oficina del coordinador estaba muy fría, el aire acondicionado trabajando al máximo, -seguía yo temblando-. Detrás de su escritorio parecía ser un dios griego.

-¡Buenos días, licenciado! Saludé.

-Buenos días, Paola. Mire, iré directo al grano, ya sabe como soy –prosiguió-. La he mandado a llamar para informarle que estoy muy complacido con su trabajo…

Siguió diciendo cosas: que la gente como yo merecía estímulos, que podía llegar a ser jefa de área, etcétera. Pero yo estaba tan sorprendida que dejé de ponerle atención y la pregunta, obvia era: ¿Cómo diablos supo que tengo todas esas condiciones? Sino había movido un dedo en tres meses, más que para firmar la nómina.

-Quiero que vaya a las oficinas centrales. Sepa usted que no cualquiera puede estar ahí.

-¿Cuándo?-. Alcancé a preguntar.

-Inmediatamente. ¿Qué me responde?

No podía decir que no.

-Me parece la mejor decisión -y me tendió la mano felicitándome-. Póngase en contacto con Carmelita, concluyó.

Las oficinas centrales están en el mismo edificio, así que no me llevó mucho tiempo reportarme con la tal Carmelita.

-Buenos días, licenciada.

-Buenos días, Paola. Ya te estaba esperando, el licenciado Carlos me informó que tú vendrías. Al director general le gusta dar la bienvenida a toda persona que colaborará con nosotros. Así que pásale a la oficina del ingeniero. -Me hizo un gesto que leí como: “pórtate bien, disfrútalo y así es esto niña”.

-¡Buenos días, ingeniero!

-¡Buenos días, pásale, pásale, Pao! Parecía muy complacido, su amplia sonrisa lo delataba. Como perro de caza, casi babeaba.

Solamente tenía dos alternativas: abrirme camino por otro lado o abrir las piernas. Decidí lo segundo. Creo que fue la mejor decisión. Porque cuando lo tenía desnudo, indefenso, sin sus achichincles, me dijo al oído: “desde mañana cobrarás como jefa de área”.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Adolescencia




Cuando aquella chica gordita, de ojos grandes, un poco pecosita. Se acercó para decirme: “estoy enamorada de ti”.

Me sentí indignado. Yo que me creía un dios no podía mezclarme con seres tan poco dotados de belleza. Corrían los años ochentas y era estudiante de secundaria, en plena adolescencia, no quería reconocer que realmente tenía un miedo terrible a tener una relación amorosa.

Ella después de declararse salió corriendo, esperando que yo la siguiera, pero me quedé filosofando, pensando en lo débil que es la carne. Creyendo que era dueño de este mundo y del otro. Esto pasó un viernes.

El problema fue el lunes. Ella empezó a contar entre sus amigas que yo era mampo. Las risitas de las niñas cuando pasaba cerca de ellas me ponían sumamente nervioso, que ocultaba endureciendo el rostro, dando un mensaje que decía: “yo soy adulto y ustedes una niñas”.

En vista de que yo no hacía nada por acercármele, ella se hizo novia de Manuel, mi mejor amigo. Para desgracia mía él me contaba todo lo que hacían juntos. Por dentro me moría de envidia. Pero al exterior decía no importarme, lo que yo quería era ser sacerdote, llevar una vida de celibato.

Así transcurrió mi primer año en la escuela secundaria del estado.

Para el segundo año ya no podía ocultar “mis ganas”, pero ya estaba etiquetado como homosexual. Las chicas me miraban como una amiga y no como un prospecto a novio.

A pesar de mis lecturas que me hacían creerme superior, tuve que confesarme incapaz de hallar una solución, así que decidí consultarlo con la trabajadora social, que era una psicóloga, muy guapa por cierto.

-Vamos a ver Samayoa, como está el asunto que planteas.

Le conté de pe a pa de mis sentimientos.

Ya por ese tiempo me daba por escribir poemas, así que dedicaba muchos de mis escritos a la maestra Rosa, que era el nombre de la psicóloga. Hasta que un día decidí enseñárselos y con voz firme se los leí uno a uno hasta terminarlos todos. Ella quedó sorprendida. Sólo alcanzó a decir “déjamelos los quiero leer con calma”.

Desde ese día sentí que se estableció un vínculo muy grande entre ella y yo. Me contaba de sus problemas con su marido, de la poca atención que este le brindaba, de la falta de cariño y cuando lo decía se inclinaba hacía adelante descubriendo el nacimiento de los senos, me tomaba de las manos y las frotaba, me jalaba hacia su pecho:

-Siente mi corazón como sufre cuando te cuento esto.

La maestra Rosa tenía treinta años y yo catorce, pero eso no fue obstáculo para que yo la amara una y otra vez, sobre todo los fines de semana, cuando su esposo no estaba en casa.

Descubrí el amor entre sus piernas y de sus labios escuché las palabras que me hicieron un engreído.

Todo se me viene a la memoria, cuando escucho en la tele una noticia en la que un chico de secundaria acusó a su maestra de acoso sexual. Pienso que realmente no fue él. Sino sus padres. Él estaría feliz disfrutando de sus enseñanzas.