lunes, 3 de noviembre de 2008

El canto de Afrodita


Dedicado a mi amiga,
que va por ahí guardando este secreto.


La cosa empezó de forma trivial, era un día más en la vida de Cayetana, pero todo se salió de control cuando Rolando dijo aquella palabra. Fue la que desató la tormenta. Aún ahora después de varios años resuena en su mente tan viva y cruel como si hubiera sido ayer: “Puta, puta, puta…hasta la eternidad”.

-Acérquese más a su iglesia, sugirió el doctor.

-Lo he intentando doctor, bien sabe Dios que lo he intentado, pero no puedo creer en alguien que se desaparece por años y deja a sus hijos en total desamparo.

-Algo tenemos que hacer, a ese paso mañana no amanecerá.

El consultorio del doctor Sánchez, ubicado en una de las avenidas más populosas de la ciudad, irradia una atmósfera de armonía y absoluta tranquilidad, que contrasta con lo que ocurre afuera.

-La cosa, la maldita cosa es que no logramos que deje de escuchar esa palabreja. Si tan solo un segundo se liberara de ella, bastaría para tener cierta mejoría.

-Vamos intentar lo último que se me ocurre, dijo el doctor. Y empezó a despojarla a tirones de su vestimenta. Ella se dejó hacer primero y después tomó el control, abalanzándose sobre el volcán ardiente, para intentar calmar la sed que la mataba, en ese río que fluía placer. Gemía, gozaba con el doctor dentro de ella.

Cuando la tormenta amainó, el doctor Sánchez, como científico que acaba de terminar un experimento, haciendo anotaciones en su pequeño cuaderno, empezó:

-Rolando su exesposo tenía razón. Y no hay remedio posible, es su naturaleza, seguirá así por los siglos de los siglos…

Cayetana no alcanzaba a comprender totalmente el diagnóstico, pero algo le decía que tenía razón, era una fuerza superior que le nacía en el vientre y que poco a poco la envolvía toda, hasta convertirla en lo que era: una ninfómana.

viernes, 31 de octubre de 2008

¿Cuánto hará de eso?


Un día viste la luz
y tus ojitos delicados
parpadearon una y otra vez
en ese instante naciste.

Recorriste muchos caminos
tanteando siempre el terreno
tus primeros pasos siempre cuidados.

El tiempo, sin embargo
te dio confianza y pensaste
en correr, correr sin ninguna
precaución.

La sorpresa te la dio la vida
aún de grande es posible caer
y caíste una y otra vez
y te levantaste, también.

Después te conocí
y en tus ojos vi el reflejo
de una amiga fiel,
por eso ahora te canto estas
mañanitas, como se las cantaba
el rey David a las niñas bonitas.

martes, 28 de octubre de 2008

Inútil para secuestradores


Serían algo así como las ocho de la noche cuando recibí una llamada, pero como no conozco el número dejé que sonara, sonara y sonara. Como a los cinco minutos volvió repiquetear. Una vez más no contesté. Pasaron algo así como diez minutos cuando el aparato nuevamente comenzó a timbrar.

-Bueno, bueno, ¿quien habla?, pregunté de forma urgente.

Del otro lado solamente escuché risitas, que parecían provenir de niñas. Decidí olvidar el asunto y ponerme a terminar la captura de datos que a mi jefa le urgía.

El reloj que tengo justo frente a mi casi señalaba las nueve de la noche cuando recibí un mensaje en mi celular: “Hola, mi nombre es Fernanda, me gustó escuchar tu voz, soy una chica que asiste al mismo gym al que tú vas. ¿Te gustaría salir conmigo?”. Yo conozco de muchos casos en los que se juegan este tipo de bromas, aunque a veces resulta ser toda una organización criminal, que no bromea sino que, indudablemente busca estafar, robar, secuestrar, etc. Pero, pero la carne es débil, así que lo primero que hice fue ir al baño, me quité la camisa para observar mis prominentes músculos: “sabía que todos estos años metidos en el gimnasio tendrían su recompensa”, me escuché decir.

Dispuesto a creer en mi buena fortuna contesté más o menos en los siguientes términos: “Claro que sí me gustaría salir contigo. Dime dónde nos vemos y a qué hora”. Esto ocurrió en un día viernes, así que espero que eso sirva de atenuante.

Contestó con una dirección que no puedo revelar. Apresuré la captura para dejarla lista antes de las diez de la noche. Mis dedos materialmente volaban sobre el teclado.

Bajé apresuradamente las escaleras del edificio y me dispuse a tomar un taxi.

Llegué al numero 201 de la calle, bueno, el nombre de la calle lo reservo. Toqué e inmediatamente se abrió la puerta:

-¡Pásale, pásale!

La voz del otro lado parecía tan familiar que no dudé en ningún momento en obedecer la orden.

La habitación en penumbras no me dejaba verle la cara, me tomó del brazo y me jaló hacia adentro.

Cuando desperté ya estaba atado de pies y manos, en una habitación pintada toda de blanco, una silla y una cama eran todo el decorado.

Mis captores seguramente habían salido, ya que no percibía ningún movimiento, algo que denotara la presencia de alguien más. Creo que pasaron algo así como dos horas cuando abrieron la puerta.

-Ya despertó este pendejo, al parecer está más jodido que nosotros. Si las cosas siguen así lo más fácil será tirarlo allá por el Cañón del Sumidero. Oíste lo que dijo la esposa del cabrón: “Háganle como quieran, yo no tengo ni un centavo partido por la mitad”, pinche vieja se ve que le vale madres lo que le hagamos a este perro. Pero todo es culpa del Mariano, mira que creer que por qué este se apellida Castro es pariente del mero bueno de la Secretaría de gobernación-. Escuché decir al que seguramente era el líder de la banda de secuestradores.

Me amenazaron con violarme si no les daba el nip de mi única tarjeta de débito que tenía. Así que no me quedó más remedio que decirles. Regresaron como al medio día, al parecer muy contentos, por las grandes risotadas que se escuchaban desde que entraron a la casa.

-A este güey le vamos a tener que ayudar con unos centavos, es cierto que está más fregado que todos nosotros juntos-. Y se reían como en un estado de reciente intoxicación con narcóticos.

Y es que en mi cuenta de ahorros no tenía más de veinte pesos. Al parecer eso les causaba mucha gracia.

Ellos cumplieron y a la semana de estar cautivo me abandonaron como a las doce de la noche allá por el Cañón del Sumidero. No sin antes advertirme de que si iba a denunciarlos la próxima vez no tendría tan buena suerte.

Silencios


¿Llegará el silencio?

Si persiste el canto del mirlo
en el andar de los días,
y en los hijos la historia continúa.


¿Llegará el silencio?

Si escucharé tus pasos
cuando ya te hayas ido,
y en tu letra estampada,
tu vida será recordada.

¿Llegará el silencio?

Tal vez sí, cuando el mundo nos haya tragado
ya sin humanos
capaces de soñar,
con un cuento, un poema.

¿Llegará el silencio?

Quizá sí, pero mañana, hoy somos inmortales.

lunes, 22 de septiembre de 2008

San Cristóbal, ciudad cosmopolita


El idioma que me parece cachondo por excelencia es el francés así que siempre he tratado por todos los medios a mi alcance de ligar a una francesa, pero como dice el dicho: “en donde menos se piensa salta la liebre”, así que puedo jurarlo ante un juez que no era mi intención. Pero un viernes cualquiera de una fecha cualquiera decidí asistir a un festival de jazz en San Cristóbal de las Casas, ahí estaba muy contento de presenciar la ejecución de verdaderos artistas, cuando de repente una turista se me acercó:

-Tú indicarme hotel barato poder alojarme, disculpa.

Yo que siempre he sido un hombre consciente de la necesidad de mostrar amabilidad al turismo me puse a sus órdenes. Indicándole en forma gráfica y muy detallada la manera de llegar a un hotel limpio, agradable pero sobre todo económico. Que casualmente era en donde yo mismo estaba alojado. Mi timbre de voz tan preparado para dar confianza, enseguida dio los resultados que esperaba. Cabe aclarar que ese dominio de los tonos no es gratuito, sino que se lo debo a mi coordinador de ventas, que me ha enseñado a dominar este arte.

-Tú poder acompañarme, preguntó Monique.

Era el nombre de aquélla. Aquí voy a confesar algo, con cierto recelo, ella tenía unas piernas fuertes, que orgullosamente lucía, unos senos no muy grandes pero justos como a mi me gustan, una cabello ligeramente rizado de color dorado, unos ojos celestes y unos labios rojos con cierto ímpetu contenido de beber o chupar algo. Sin embargo puntual y textualmente dije:

-Si esperas a que termine la presentación estaré encantado en llevarte en mi auto.

Existía la posibilidad de que ella decidiera irse sola, en todo caso habría perdido la oportunidad de entablar una relación, pero la fortuna estaba de mi lado y ella también estaba interesada en escuchar a todos los participantes.

Después de algo así como cinco o seis horas de escuchar jazz y de beber algún vinillo para soportar el frío de las nueve de la noche. El alma y el cuerpo mismo se predisponen para volar.

Así que en vez de conducirla al hotel nos fuimos a un antro de los muchos de la ciudad, Luna Nueva, o algo así creo que se llama. En este punto tengo que presumir de mis dotes de bailarín que tenían encantado a la francesita.

Ya casi a las tres de la mañana y con el cuerpo sudado decidimos retirarnos a descansar, pero yo que además de ser ejecutivo de ventas, soy primeramente licenciado en economía, sugerí que no era necesario que ella pagara otra habitación cuando era posible que yo, alma de Dios, compartiera por una noche la cama.

-Encanta de mexicano tan alegre y acogedor, me parece correcto

-Sobre todo a c-o-g-e-d-o-r, pronuncié deletreando lentamente, seguramente ella no lo entendió pero a las cuatro de la mañana cuando por tercera vez hacíamos el amor probablemente había comprendido el concepto.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Inteligencia emocional


Un mosquito me picó en un lugar muy delicado: una nalga. Con eso tuve para estar incómodo todo el santo día. Es que soy alérgico a piquetes de insectos. Por eso cuando llegó la directora regional de ventas tenía una cara de fastidio del tamaño del estadio Azteca.

-Señor López no parece tener buen semblante, ¿se siente usted bien?

Ganas de contestarle una barbaridad no me faltó (vieja bruja como si ella fuera una princesa), pero ante todo está el sustento de mi familia, así que haciendo un esfuerzo heroico esbocé mi mejor sonrisa.

-Si tiene algún problema, sepa usted que la empresa está en la mejor disposición de apoyarle, -insistió.

“No, no era nada grave, simplemente un malestar estomacal”, respondí. Pensando en: “Como si no supiera que esa preocupación es solamente porque a la compañía le hago ganar mucho dinero”. Y resulta lógico que así sea dirán muchos, pero con la maldita irritación del piquete estaba como agua para chocolate.

Eso sucedió como a las diez de la mañana, ya para las doce del día sentía que estaba sentado en un cactus. Luego entonces que no vengan ahora a acusarme de ser mal educado, cuando por enésima vez se me acercó la directora:

-Le veo muy mal, mándese hacer unos análisis, tiene usted muy mal color.

“Mire pinche vieja, desde hace dos horas le vengo diciendo que no es nada, usted con esa cara de volcán en erupción y nadie la cuestiona, ya déjeme en paz”, le dije a gritos. Entonces comprendí por qué ella y no yo, ha logrado escalar muy alto en la organización.

-Cálmese, cálmese y respire profundo, entiendo que algo lo tiene molesto. Esos insultos son viscerales y no de razonamientos. Usted que siempre ha sido un hombre “mental” no puede darse el lujo de ser como los otros.

Ante un argumento tan convincente no tuve más remedio que confesar lo del piquete.

Por eso ahora me enterado que mis subordinados, a mis espaldas por supuesto, me llaman: “pompitas delicadas”.

martes, 2 de septiembre de 2008

Un día, un fotógrafo


Recuerdo que una vez quise ser fotógrafo, pero con mi pobreza a cuestas no me alcazaba ni para comprar una cámara; así que no me quedó más que recurrir a los parientes pudientes. Al primero que le pedí un préstamo fue al tío Horacio. Él me explicó que la situación del México de los ochenta lo estaba asfixiando tanto que estaba pesando seriamente en no hacer el viaje de verano a Europa. Este argumento me conmovió de tal manera que decidí ofrecerle mi ayuda. "Lo tendré en cuenta", dijo. Y se alejó apresuradamente.

Fui a la casa de mi tío Carlos. Por aquellos años vivía en la colonia Las Palmas, cuando todavía habitar esa zona de la ciudad formaba parte de cierta elite. Me recibió de la mejor manera, preguntó por su hermana Cielo, o sea mi mamá. Le expliqué de mi interés en el arte y de como la fotografía podía ser un medio para cambiar ciertos paradigmas que atan al mexicano común. A través de gráficos podemos hacer, por ejemplo, que el mundo aprenda a respetar a los animales, especialmente a los perros. Esto último lo dije sabedor del gran aprecio que mi tío tenía por ellos. "No puedo ayudarte económicamente -concluyó-, pero lo que sí puedo hacer es prestarte mi cámara Minolta, pero ya sabes cuánto cariño le tengo, así que te la encargo muchísimo".

Desde luego, salí con la cámara y dispuesto a captar la mejor imagen del mundo.

Por aquellos días se celebra un aniversario más de la revolución mexicana y para ello el gobierno disponía que los escolares desfilaran por las calles de Tuxtla. Pensando en esto, sentí que era el mejor momento para captar el colorido de la fiesta nacional. Así que busqué el mejor lugar. Un entarimado en el parque central, dispuesto a albergar a los espectadores, me pareció el lugar idóneo.

Eran las doce del día cuando desfilaba la escuela de enfermería; bellas chicas, haciendo piruetas que enseñan sus fuertes muslos. Yo que siempre he sido un hombre temperamental me emocioné tanto que olvidé que estaba a diez metros del suelo y cuando lo recordé ya rodaba dando tumbos que golpeaban a mi preciosa cámara. Cuando por fin terminé de caer la cámara estaba hecha añicos.

Después de eso no volví a ver al tío Carlos y yo abandoné la fotografía.