domingo, 6 de marzo de 2011

No eres tú soy yo

Eso fue lo que ella dijo. El mismo argumento que yo utilizo para decirle no a alguien que no me gusta, sin que se siente mal, por supuesto. Pues bien me lo aplicaron hace algunos días. ¿Qué harías en ese caso? “…dime que no, me tendrás pensando todo el día en tí, planeando la estrategia para un si.” Canta Ricardo Arjona. Pero como siempre he sido un hombre que no le gustan los intermedios decidí eliminar a esa persona de mis contactos en el msn, en el face, etc. Después de eso empecé a escribir esto.

¿Tú qué harías? ¿Seguir como amigos? Pues sí es una opción, pero yo me conozco demasiado bien y sé que voy a estar de necio, insistiendo siempre en la posibilidad de acostarme con ella. Eso ya lo viví. Resulta desgastante y al final ni amigos ni nada. Oprimir la tecla SUPRIMIR puede ser mejor por salud mental. Aunque hoy que es domingo me encuentre escribiendo en vez de estar buscando la forma de complacerla. Además, además ella es gordita y a mi nunca me han gustado las gordas.

En esas estaba. Pensando que más escribir. Cuando pararon la música para anunciar una competencia de natación. Ah, porque has de saber que estaba en la piscina de http://www.quintacandelaria.com/, lo primero que se me vino a la mente fue: “Ahora es cuando chile verde…” Saz y al agua pato. Se formaron dos hits de cuatro participantes. Me tocó participar en el segundo. El cual gané con cierta facilidad. Nomás me quedaba enfrentarme al ganador del primer hit. Sí, lo perdí. En cambio gané cierta “popularidad” entre los bañistas. Particularmente a los ojos de una niña de mirada ensoñadora y de sonrisa de angelical, bueno supongo que así de deben de reír. Me dio su cel. Si quieres saber como es ella visita la página de la quinta, creo que salió en algunas fotos que prometieron los organizadores subir a esa web.
Lo que ahora me taladra el cerebro es: “un clavo saca a otro clavo, un clavo saca a otro clavo, un clavo saca a otro clavo”. ¿Será cierto? Luego te platico.

domingo, 6 de febrero de 2011

Definición forzada


Cuando las luces se apagan y la ciudad se torna oscura y fría me refugio en tus labios de carmín. Tú no lo sabes ni lo sabrás nunca pero cuando beso otra boca pienso que eres tú. Ayer por ejemplo, la niña de boca chiquita, la de andar coqueto. Me miró fijamente a la cara, sin la más mínima duda, acercó su rostro y me ofreció su lengua de viborita inquieta. Hurgó dentro de mí. En esos instantes la verdad olvidé tu rostro y las noches que no me has dado se eclipsaron.

Cuando desperté ya habían pasado cinco horas.

El reloj de la catedral de San Marcos marcaba la 1:30 horas del domingo 6 de febrero. No sabía como ni por qué yacía inerte en un hotel del centro de la ciudad. No sentía las piernas, ni los brazos. Por todos lados de la pequeña habitación se percibía un fuerte olor a sexo. La cama deshecha y sobre el colchón envases de cervezas a medio acabar, manchas que dibujaban extrañas formas.

Aún tendido sin poder pararme. Recobraba cierta lucidez.

Salí del trabajo como eso de las dos de la tarde. Algunos compañeros invitaron algunos tragos. No bebí mucho, casi siempre prefiero mantenerme sobrio. Ella marcó a mi celular, quedamos en vernos en tal o cual lugar. Nunca llegó. A partir de ahí recuerdo haber comprado el Cuarto Poder, el periódico local, marcar a un servicio de edecanes. No quiero aquí justificar nada. Pero era el cumpleaños de las “definiciones”. Por eso pedí tres chicas. La de boca chiquita que se parece a ti, la güerita que no decía nada y la morena de ojos verdes. De las tres, desde el primer momento, preferí a la boca chiquita. Mientras las otras dos buscaban darme placer en otras partes de mi cuerpo, ella se encargaba de hablarme al oído. Cosas extrañas decía. “Nunca valorarás suficientemente la vida sino te hago esto…” Yo no respondía nada. Mi respiración agitada no me dejaba pensar. “Si ellos lo hacen por qué nosotras no”, y reía, reía con esa sonrisa que tú tienes.

Quizás mañana salga en la nota roja algunas fotos que me tomaron los pinches policías. No hay respeto de los derechos humanos. Ahora no estoy seguro de querer seguir viviendo en este mismo barrio, seguramente se enterarán de lo que pasó. Y no lo hago tanto por mí, la verdad esas cosas me valen un soberano cacahuate, sino por mi familia.

Después de esto, ahora estoy más seguro que nunca, prefiero tus labios de niña y no los de esos cabrones que me violaron.

martes, 25 de enero de 2011

¿Verbo mata carita?



En su oficina atendiendo a sus clientes, Roxana, se pierde por un instante. Se deja llevar por su vasta imaginación. Mira de reojo a un cliente que espera en la antesala. Él siente su mirada y se sonroja, se acomoda la camisa manga larga y vuelve a sumirse en sus pensamientos. Su nombre es Pedro y tienen una relación hasta ahora de negocios. “Soy escritor y me encanta saber que a ti te apasionan las letras igual que a mí”, había dicho él cuando recién se conocieron. Ahora después de un mes la relación ha girado en otra dirección. Aunque a Pedro le cuesta expresarse o al menos eso cree Roxana, él le ha dejado ver el enorme interés que siente por ella.


Pedro es ingeniero de profesión, pero se viste con la propiedad de un licenciado, tiene unos ojitos asustadizos, que al ver a Roxana pareciera que fueran a salirse de su órbita. Expresión física que para los gustos de Roxana hacen que se vea más feo. Sin embargo tiene un no sé que lo hace interesante. Ese no sé qué, se llama literatura, la magia de las palabras que a ella cautiva.

“…Me agrada mucho escucharte, me han cautivado esas bonitas perlas que resumen la inacción o precaución con que quiero mostrarte mi rostro. Tú eres una mujer con chispa, me refiero a que entiendes fácilmente hechos o situaciones donde otros se quedan dormidos, y me complace esa apertura…” Escribió, Pedro en un correo lleno de lírica.


Roxana, empezó a sentirse molesta por los insistentes ojos y esas manos temblorosas frente a ella, la invitaba a su mundo, a sus espacios. Pedro se había enamorado de su Elena de Troya, la guerra había empezado. Quiso conquistar lo inconquistable, Roxana manifestó no amarlo, no desearlo, no permanecer un momento más en su vida. Son de esos amores que no florecen ni abundan en la poesía.


Yo no hubiera podido enterarme de esta historia si no fuera porque Roxana es mi amiga y me pidió que yo fuera su novio postizo.

domingo, 23 de mayo de 2010

La soledad


“Querida, Diosa”, escribió. “Desde que ya no veo la luna en tus ojos, mis ojos se han apagado. He vuelto a ser un burócrata triste, sin más ánimos para seguir con esta farsa que se llama vida…mi sangre caliente se ha enfriado con tu ausencia, el chillido de los cerdos me golpea y siento como el ostión cuando le ponen limón, cuando aún estoy retorciéndome de dolor viene otro golpe más de los perros prestos a hacer leña del árbol caído, hasta ahora vengo resistiendo pero no creo pasar la navidad y me solidarizo con el miedo de los pavos. Los planes, nuestros planes, ahora separados por azares del destino han de resistir, deben resistir, porque todavía existen en el mundo personas dispuestas a pelear por la justicia...


…Las huellas de tus pasos aún están estampadas en mi corazón porque tienen tu tinta indeleble. Cerrar ventanas, cerrar puertas dictan los consejeros banales. Como si fuera tan fácil cubrir el inmenso vacío que dejaste con tu partida. El punto es que sigo parado en aquella tarde en que dijiste adiós...


…El viento de mayo con sus lluvias adelantadas llenan de rocío las mañanas, entonces por el cristal nublado veo pasar a la gente casi corriendo a sus respectivos trabajos y yo me quedo pensando si tendrá algún sentido continuar.


…Ja ja te vas a reír lo sé muy bien, ayer fui a un templo evangelista a escuchar la palabra de Dios que a través del pastor, se manifestó con una rabia iracunda solicitando el pago de los diezmos con pena de ser excluido del paraíso en caso de no contribuir a la inmensa obra del señor, ¿puedes creer eso?, no volveré más a ese lugar, aunque la chica que me invitó quedó muy decepcionada y dijo que es el demonio que me tiene prisionero…


…El país se hace pedazos, en Chiapas sin embargo con el mismo espíritu de Ariel Gómez, ese personaje de radio, el que por cierto ya no discrimina porque aprobó un curso de no sé qué diablos, seguimos festejando; aunque sigamos viviendo en la mismísima mierda… ”


Hugo ya no pudo continuar escribiendo, la sangre para ese entonces ya formaba un charco bastante grande. Él murió con una sonrisa, aunque en el fondo sabía que ella nunca leería esta carta, simplemente porque ella era solamente un producto de su imaginación.

martes, 2 de febrero de 2010

*¿Soy un Krill?


Hay días en que me siento terriblemente confundido. Busco un rumbo en la vida y por más que intento descifrar el laberinto me pierdo irremediablemente. Esto sería más o menos normal si se tratara de un adolescente pero yo hace algunos ayeres superé esa etapa. Todo este sentimiento empezó cuando estaba mirando una película con clasificación A -fíjense donde encuentro el sustento filosófico. El espanta tiburones, o algo así, el nombre es lo de menos. Un “pececillo” Krill pregunta qué hay después de él y la respuesta es horrenda, avasalladora. Lo que hay después de él es: mierda. El último en la cadena alimenticia. Esa palabrita la estuve escuchando toda la noche: ¡Mierda, mierda, mierda, mierda...! No pude seguir durmiendo.

A las doce de la noche puse manos a la obra. Tecleé “como aumentar la autoestima”, google solamente remitió 62,000 entradas. Revisé algunos argumentos, sólidas teorías de la personalidad, incluso visité la página del licenciado Cornejo, como pueden ver, estaba desesperado. No me quedó alternativa. Utilizar el añejo método sanalotodo. Masturbarme muchas veces pensando en que yo era un rey y le hacía el amor a dos princesas. Por fin pude conciliar el sueño.

Ya en la mañana, más dueño de mí, bueno -mucho más dueño de mí- y con la cabeza despejada realicé mis preparativos para dirigirme al trabajo que realizo en una oficina de gobierno. La directora general es una bella mujer, señora que ha sido diputada local, entre otras cosas importantes. Es por demás innecesario decir que ella ha sido evocación de mis más íntimos sueños.

-¡Buenos días, compañero!, que bien está usted iniciando el año.

-¡Buenos días, licenciada!, -dije yo a su vez, con una voz sonora, aterciopelada, herencia de familia y con una seguridad que irradiaba poder. Aproveché que ella quedaba justo atrapada entre mí y las escaleras para acercarme y sin darle tiempo de nada estamparle un beso en los labios, para después susurrarle:

-siempre me has gustado, niña pechochita.

Ella no daba crédito a lo que pasaba y aproveché para alejarme de la escena. Pensando para mis adentros: “¡lo disfrutó, lo disfrutó!”

Tranquilamente me dispuse a iniciar mis labores cotidianas, cuando mi jefe inmediato me llamó.

-Quiero tu renuncia, no preguntes por qué.





*Biológicamente el Krill no pertenece a la misma especie que el camarón, pero comercialmente puede pasar por un camarón muy pequeño.

lunes, 25 de enero de 2010

Pesitos mexicanos


En este diario escribo cosas que a mí me pasan, nomás que salpicadas de invención para hacerlas menos aburridas, sin embargo lo que ahora quiero contar está tomado fielmente de un día cualquiera en mi vida. Sucedió cuando invité a comer a una amiga. Caminamos en la plaza comercial Galerías Boulevard. Ella es una chica bastante avispada, simpática, hermosa, labios rojos, sus ojos –bueno, son como gotitas de miel con destellos de cierta coquetería, que no necesito aclararlo; me hechizan.

Platicamos de todo. Como suele decirse “arreglamos el mundo en dos horas”. Que si Dios existe, que si la virgen María era realmente inmaculada, que si el fin del mundo será en el 2012, que si el presidente Calderón es espurio o no, con esto último dimos fin a la conversación, ya nos estamos metiendo en honduras.

Empezamos a caminar. Fue cuando, ella, que debo decirlo es una compradora impulsiva detuvo su mirada en un hermoso collar de ámbar negro. Unos colores hermosos destacaban esa joya muy por encima de las demás. ¿Y, su precio? Una verdadera ganga. Doscientos devaluados pesos, pensé: “tengo mil pesos, menos trescientos de la colegiatura de la escuela de ballet de mi hija, menos unos zapatos que necesita; sobran cuatrocientos”, esto es lo que sucede con los que ya somos padres. En fin que le dije:

-¿Te lo quieres llevar?, yo te lo compro.
-Pero no sé, me da pena, dijo ella.
-¡Vamos me dará mucho gusto regalártela!
Entramos a la tienda y ella con esa gracia que tiene, preguntó:
-¿Podría enseñarme ese collar que tiene, ahí al frente?, por favor.
-Claro que sí. Es un trabajo artesanal de gran calidad. Señaló la encargada de la tienda. Y tan sólo cuesta, déjeme ver, doscientos por 13.10 es igual a dos mil seiscientos…
Creo que me puse de color rosa encendido. El precio no era en devaluados pesos, sino en pujantes y sobrevaluados dólares.
Ella, con ese dominio de sí, y con total arrojo, sabiendo que yo no podía realizar semejante gasto:
-Mire, eh, lo que realmente buscamos es ámbar verde. ¡Muchas gracias!

Salí cabizbajo y con ese maldito color que no se me quitaba. Sintiéndome más jodido que un haitiano.

lunes, 27 de abril de 2009

Efímero


El exiguo dinero que tenía apenas me alcanzaba para comer unos tacos; dos para ser exactos. En esta situación y en una ciudad desconocida, ¿qué cómo llegué a este extremo? No lo sé, realmente no lo sé. Simplemente un día empezó mi caída hasta lo más ínfimo de la condición humana.

Encontrar a María en ese momento me resultó maravilloso. Ella, como siempre, vestía con esos faldones que le cubrían todos sus encantos; que conviene aclarar, yo conocía perfectamente, sin el afán de presunción sino simplemente como información adicional a esta historia.


-¡Hola! -dijo, agregando frases tan trilladas como “que chiquito es el mundo; quien lo iba a pensar; que gusto encontrarte”, etc.

Resistiendo la tentación de soltarle de buenas a primeras mi urgencia de comida, le pregunté por los conocidos mutuos, Adrián, Paola, Carmen. Cosas que en verdad me importaban un soberano cacahuate. Y cuando parecía que se marcharía, por qué sería que todo mundo se alejaba de mí antes de tres minutos. Le espeté mi falta de recursos económicos. Reaccionó con tanta amabilidad arrojándome cinco billetes de 200 pesos, digo arrojándome, porque me sentí como un perro cuando se le avienta un hueso, enseguida se alejó ondeando su holgada vestimenta.

Convencido de que en esos momentos era dueño de todo un tesoro, dejé de pensar como indigente, fui a unas regaderas públicas, decidido de que aquel dinero representaría un vuelco en mi destino retorcido. Con paso firme y la mirada al frente me dirigí donde pretendía iniciar una nueva vida. No había caminado mucho, unas tres cuadras a lo sumo, cuando dos ladronzuelos me salieron al paso exigiéndome la cartera. No iba a ceder tan fácilmente. Corrí, corrí y corrí hasta un restaurante argentino que está por Tlaneplanta.

Dispuesto a olvidar el incidente pedí al mesero una deliciosa parrillada, algo de vino, un rico postre y la cuenta. Ahí empezaron otra vez mis problemas, -durante la carrera había perdido la cartera.

Pasé toda la tarde fregando platos.


Al día siguiente volví al crucero a seguir escupiendo fuego.

martes, 31 de marzo de 2009

Sólo amigos


Leonardo, Leo para los amigos, se despertó el domingo muy de mañana. En su cabeza aún vivían los recuerdos de la noche. Fue una velada larga, que culminó en el cuarto de aquel motel a las afueras de San Cristóbal de las Casas. La orquesta sinfónica de San Petersburgo tocaba el concierto de Brandenburgo, los violines llenaban el ambiente de calidez, pero en la mente de Leo las cosas no estaban tan cálidas.

En el cuarto de baño Enriqueta se daba una ducha y se le oía tararear una canción de amor que se perdía con el ruido del agua al caer.

Se habían conocido hacía más de un año. Fue en una presentación de un libro en el Centro Cultural Jaime Sabines. El encuentro fue de lo más casual. Sin embargo los misterios que encierra el destino los había juntado, al descubrirse amantes de las mismas cosas: los libros, el canto, el ballet, el ajedrez, etc.

Había un acuerdo tácito entre ambos que daba forma a esa relación; no hablar de amor, no pensar en el futuro, no esperar más de lo que tenían; y, lo que tenían era quererse los días en que Julio salía de viaje.

Leo era maestro de ballet desde hacía diez años. Preparado en los más prestigiosos colegios del país se sentía capacitado para competir con los grandes. Pero el destino lo había confinado al trabajo casi gratuito. Desde hacía cuatro años colaboraba con el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes impartiendo clases prácticamente sin cobrar.

Julio, el esposo de Enriqueta, era un hombre empecinado en cultivar a su esposa para ello procuraba inscribirla en cursos de literatura, de baile clásico y otros. El dinero no era obstáculo en absoluto, Julio tenía una empresa que le permitía vivir bien. Pero para su sorpresa Enriqueta prefería asistir a los cursos gratuitos del Jaime Sabines.

lunes, 23 de marzo de 2009

La belleza del dinero


Echada en la arena de puerto Arista ella contempla el mar, con la mirada perdida en el horizonte azul y en la mano una cerveza, gotitas de sudor surcan su cuello y se deslizan hasta la espalda. Hoy está cumpliendo 22 años y para celebrarlo decidimos buscar algo diferente, que no fuera Cancún o Acapulco. El paraíso tropical que nos vendieron en la ciudad de México: Chiapas, es después de todo, distinto a lo que estoy acostumbrado. El poder que da el dinero me permite tener a mi lado a una chica como esta, yo que soy un adulto tirando a viejo y, además, como muchas me lo han dado a entender: feo.

A estas alturas del desarrollo científico ya no debería existir ese binomio; feo y rico. El adelanto en la cirugía plástica tiene el poder de transformar cualquier rostro, yo sin embargo, me he resistido en caer en manos de un cirujano. Tengo mis razones, algunas bastante conocidas, otras un tanto complicadas. De las primeras doña Elba Esther Gordillo; es un ejemplo perfecto, se cuenta que era muy bella y mírenla ahora. Lo segundo tiene más bien que ver con taras morales que no viene al caso discurrir en estos momentos.

Disfruto mucho cuando una chica bonita tiene que dejar todo su orgullo para soportar mis besos, mi panza, etc. Cuando tomados de la mano con la chica en turno, que siempre es mucho más joven que yo y, al pasar escucho murmullos de tipos castrados por una esposa gorda: “…pero si podría ser su papá…” Sonrío por dentro, mirándole de reojo la cara que dice “lo-que-daría-por-estar-en-tus-zapatos”.

Crecí entre muladares, allá donde la vida es siempre de color negro, donde no tienes ni para tragar, allá que cuando llegas a los trece años, ya has probado de todo, quizás también un pariente te ha violado. A eso se debe que cuando me encuentro en confianza dejo toda la educación que de grande recibí para convertirme en el verdadero ser de costumbres repugnantes. Uso un lenguaje bastante arrabalero que he notado algunas damas disfrutan…

-¿Nos vamos Chocolatito?, -pregunta Roxana, acercándose.

-¡Chingada madre!, que no entiendes que no debes interrumpir mis reflexiones, -con una expresión furibunda responde el Chocolatito y con un movimiento ágil le estampa una mano en la mejilla.

-¿Me perdonas, mi amor? –susurra Roxana. Acariciándose la parte adolorida.

Él no responde y se queda sumido otra vez en sus lucubraciones. Y en su rostro dibujado una expresión de felicidad infinita.

viernes, 6 de marzo de 2009

Revelación de altura


Dorita se acercó a mi escritorio para darme una noticia: “Tendremos que salir de comisión a la ciudad de México, a tomar un curso de actualización”. Y agregó: “el viaje será por vía aérea”. Casi me infarto.

Pero como se dice donde manda capitán no gobierna marinero, así que ahí me tienen puntual a la cita. Estaba tan nervioso que confundí una “d” con un cero, es decir mi boleto no era el 60 sino el “seis d”, equivocación que me valió una recriminación de un pasajero poco amable.

Superado el primer obstáculo y ya instalado en el asiento correcto me dio por rezar, aunque después me sentí como idiota porque soy ateo. Dorita en cambio, se mostraba de lo más tranquila. Dorita es una chica muy bella, aunque como siempre le aclaro, su belleza es exótica, muy mexicana enfatizo. Ella complacida se le ilumina el rostro y se ríe tan coqueta que me dan ganas de morderla.

Ya a muchos metros del suelo y con el pensamiento atormentado por una pregunta: ¿y si nunca más volviera a poner los pies sobre la tierra? Tienes que cerrar los círculos, tienes que cerrar los círculos… me repetía. Entonces miré de frente a Dorita y le confesé: “Desde el primer día que te encontré quedé prendido de tus lindos ojos, de tu sonrisa tan natural…”

-No lo sé, responde, soy una mujer casada.

-Lo sé, lo sé, pero te amo.

Y el ave de acero comenzó su descenso en el aeropuerto Internacional Benito Juárez del Distrito Federal.

Una vez en tierra nos fuimos a buscar un hotel y al primero que llegamos se llama: Hotel Royal, pero tiene un inconveniente, la habitación más económica cuesta 1,300 pesos, y nos habían dado 500 pesos para gastos de alojamiento. La habitación doble cuesta 1,000 pesos. Así que decidimos compartir habitación.

La primera noche no pude dormir. Tenerla ahí y no poder tocarla me llenaba de ansiedad.

Para el segundo día, después del curso, fuimos a un barcito que queda por la calle Florencia y Génova en plena zona Rosa y, no sé si sería el vino o la lejanía o vaya usted a saber qué, pero nuestros labios se unieron y su lengua buscaba la mía hasta atraparla y enjugarla en una danza erótica. Serían algo así como a las dos de la mañana, cuando regresamos al hotel y ella ordenó: “hagámoslo”.

Lógicamente nos pasamos el resto de la noche recordando el pecado original.

lunes, 23 de febrero de 2009

Amor apócrifo




Debo reconocer que yo soy un hombre demasiado rencoroso, quien me la hace, me la paga. Tarde o temprano. Esta semana le tocó saldar las cuentas a una compañera de trabajo.

Ella siempre me ha menospreciado por no ser hombre de riquezas materiales. Haciéndome sentir peor que una cucaracha. Muchos de sus comentarios suelen estar influenciados por el dinero. El otro día, por ejemplo, dijo: “¿Ya viste a Miguel?, ¡ahora se ve mucho más guapo!” Todo porque aquél había comprado un carro nuevo. Dichos como este la han llevado a tener relaciones con tipos que no le cumplen lo que busca, esto es, el matrimonio. Una y otra vez, en estos dos años, ha recurrido a su paño de lágrimas que soy yo, así me he enterado de sus desventuras.

Así es que el jueves por la mañana, valiéndome de un argumento, un tanto inocente, pero capaz de convencer a una mujer como ella. Llegué a la oficina muy temprano, gritando que, “después de casi diez años de comprar el Melate por fin me había sacado el premio mayor.” Para tal fin llevaba un cheque sin fondos, que decía clarito: “Páguese al portador cuarenta millones de pesos.” En cuánto lo vio sentí que sus ojos que antes me miraban con desprecio, se iluminaban y de sus labios afloraba una sonrisa llena de deseo.

-No lo andes divulgando, -dijo-, eso es muy peligroso. Podrían secuestrarte.

-Sí, es un error publicar esto, lo mantendré en secreto. Para celebrarlo te invito a cenar esta noche, ¿qué te parece?

Desde luego, aceptó encantada.

Mi plan era muy sencillo, ofrecerle dinero para llevarla a la cama, para ello tenía otro cheque de cien mil pesos, también falso, por supuesto.

El viernes llegué a la oficina, muy puntual, como siempre. Ella sin embargo no se aparecía, tal como lo suponía. Seguramente estaría haciendo efectivo el cheque.

Cuando llegó, serían como la una de la tarde, traía un semblante descompuesto. Llegó directamente a mi escritorio.

-Que el cheque no tiene fondos, ¿tú crees?

Casi suelto la carcajada.

-No, no tiene, ni lo tendrá puesto que es falso.

Pienso que no se atreverá a acusarme ante una autoridad judicial y en lo que respecta a los compañeros de trabajo, tampoco creo que sea capaz de ir contando por ahí: “Le di mi vagina a cambio de un documento que no tiene valor.”

lunes, 16 de febrero de 2009

La apuesta


Ayer hacía un calor muy propio del trópico, el sol excitado chisporreteaba ráfagas de fuego. Por lo que decidí escaparme a nadar a uno de mis sitios consentidos; San Vicente, es un lugar con albercas pequeñas, pero con un ambiente bastante relajante. Para quien no conozca el lugar puedo decir que está por la escuela de medicina veterinaria de la UNACH. Empaqué mi sombreroespantapájaros, salvavidas y el traje de baño, dispuesto a sumergirme en un buen chapuzón.

Llegué en punto de la una de la tarde, hora en que abren, pero para mi sorpresa ya había mucha gente esperando. Cuando recordé que se celebraba el “día del amor y la amistad”, comprendí la gran afluencia.

Cuando asisto a estos lugares procuro llevar siempre un brazalete para cargar mi celular, con él es cómodo escuchar música. Hasta allí todo parecía un día más. Cuando miré a una chica que se acercaba llevando un brazalete parecido al mío. Bonita coincidencia, pensé.

-Hola, yo soy la chica del chat, -dijo-. ¿Tú eres Ricardo, verdad? Corazón de León, acompañando esto último con una gesto que consistía en llevarse la mano al corazón para después rugir enseñando las garras.

Vacilé algunos segundos. Tiempo necesario para recordar: “el no mentirás”, aprendido en las lecciones impartidas por las monjitas de la Sagrada Familia. Pasado ese obstáculo impuesto por las taras morales, mirándola directamente a los ojos dije: “¡Hola, claro yo soy Ricardo!, creí que ya no vendrías”.

-Tuve un contratiempo, lo importante, sin embargo es que ya estoy aquí.

Vestía unos pantalones de mezclilla, una blusita de algodón que dejaban al descubierto el nacimiento de unos senos, más bien pequeños, pero bien formados. Su cabello de un negro azabache, abundante, jugueteaba con el viento.

Miles de horas dedicadas a la lectura, presuntamente, establecían bases suficientes para manejar una situación de este tipo. Por lo que intenté llevar la conversación por terrenos que me ayudaran a no meter la pata.

Creo que eran casi las cuatro de la tarde cuando se apareció una amiga, cargando una cámara de video y, en los labios una sonrisa que no le cabía.

-Te puse a prueba y me decepcionaste, eres como todos los hombres. Caro, es mi amiga y nos pusimos de acuerdo para jugarte esta broma, yo aposté a tu favor y perdí, pero como me divertí.

Así que ahora fichado en un video donde aparezco seduciendo a una chica, que ojalá nunca descubra Aurora, mi esposa.

lunes, 9 de febrero de 2009

La amistad



A partir de hechos irrefutables he llegado a la conclusión de que mi destino está íntimamente ligado con el verbo dar. Dando he descubierto algunos corazones tan diáfanos como el cristal. Aunque debo reconocer que no siempre ha sido así. En un principio me costaba ir cediendo parte de mí; es decir, mis tesoros los guardaba celosamente con cientos de cerraduras, ¿sabes lo que pasaba? Tenía el alma tan falta de calor que irremediablemente me moría de frío. Pero todo esto viene a cuento porque ayer volvimos a encontrarnos después de… no sé cuántos años han pasado desde aquel día en que tomamos caminos diferentes. Verte un poco más madura, pero tan viva, me llenó de ternura e inconscientemente posé mi cabeza entre tus pechos y te di un largo abrazo, en el preciso instante en que el cantante decía: “…vivo por ella sin saber si la encontré o me ha encontrado…” Noté tu turbación y te pregunté:

-¿Te molesta que te abrace?

-No, no es eso, dijiste. -Solamente que no estoy acostumbrada a esas muestras de cariño de tu parte.

La noche se fue volando.
Nos dijimos adiós con la certeza de volvernos a encontrar, ya sin ataduras, sin temor a descubrir nuestras debilidades y fortalezas, conscientes de que uno y otro estará ahí esperando que el destino nos reúna una vez más.

Ella es mi amiga y espero tenerla cerca mucho tiempo, todo el necesario para incendiarla y, que su calor queme los últimos témpanos de hielo que corren por mis venas.

martes, 3 de febrero de 2009

¡A volar!


-¡Moriremos, todos vamos a morir! Se escuchan las voces desesperadas de todos los pasajeros del vuelo 302 de Aeroexpress.

Son exactamente las 15:30 horas del día martes 13 de enero de 2008. El avión sigue su caída irremediablemente. La capitana de la tripulación, mujer con mucha experiencia, intenta por todos los medios a su alcance someter a su control al aparato que se desploma como ave herida. Las medidas de seguridad, todas sin excepción, son acatadas al pie de la letra.

Llevan dos minutos cayendo, pero para ellos ha sido un siglo de angustia.

Entonces ella, en una fracción de milisegundos, piensa que lo mejor es hablarles a los pasajeros, tranquilizarlos:

-¡Señores, señoras, niños, niñas! ¡Todos dejen de temer ahora! debemos orar, calmarnos, que todo saldrá bien. Vamos a acuatizar en el lago de La Concordia. Su voz es firme y convincente, con cierto olor a miel recién sacada de la colmena, como a pan calientito, sus palabras se tornan en bálsamo que atempera los nervios de todos los pasajeros.

El tiempo literalmente vuela y ya han caído 30 segundos más.


La nave sigue cayendo cuando yo me acerco y le digo a la capitana:

-Ya hija, deja de jugar con tus avioncitos que se caen, que tienes que ir a la escuela.

Ella, contrariada, lanza lejos de si el juguete y se hace pedazos sin llegar a tocar nunca una especie de lago dibujado en el piso.

lunes, 26 de enero de 2009

El sueño americano


Fue una mañana fría, yo entonces tendría seis años, papá me llenaba de besos y mamá trataba de cubrirme con el suéter estampado de rosita fresita. “Cuidas mucho a la niña, no olvides llevarla a que le pongan la vacuna dentro de una semana…”, le decía papá a mamá y de los ojos de ella brotaban unas gruesas lágrimas. No comprendía el por qué de tanta tristeza si solamente estaríamos separados, cuando mucho, unas dos semanas. Pronto nos reuniríamos con él, una vez que ya estuviera establecido en los Estados Unidos. Mi papá tenía pintada una sonrisa que me pareció extraña, no era la que yo conocía, ese día pensé que era el frío de enero lo que me hacía verle así.

El autobús partió exactamente a las siete de la mañana. Muchas de las familias que fuimos a despedir a nuestros parientes nos quedamos un ratito más mirando el horizonte adonde el carro se había marchado. Había muchos niños y niñas jugando como si fuera un día normal. Ya he dicho que no había motivo para ponerse tan triste, pero cuando miré desaparecer el camión en la lejanía, sentí algo muy feo dentro de mí.

A los pocos días recibimos una carta escrita con tanta alegría que a mi mamá le provocó un entusiasmo contagioso. Ella que casi no comía, ese día se comió casi un pollo entero. Y yo me puse a repasar el libro: “Inglés para niños” con inusitada claridad que aprendí como 150 palabras de un tirón.

Pasó, algo así como dos meses, hasta que recibimos otra carta con el mismo tono que la anterior. La historia se repitió.

Después de esa segunda carta, esperamos y esperamos a que llegara una tercera, pero hasta ahora no hemos vuelto a saber de papá. Mamá empezó a tener un humor negro que solamente se le pasaba golpeándome. Por los castigos que me daba llegué a odiarla y creí que no soportaría por mucho tiempo seguir viviendo así. Pero entonces se apareció en nuestras vidas el “tío Antonio”. Antonio era un hombre que me compraba muchos dulces y a mamá perfumes. Ella se ilusionó mucho y se olvidó de golpearme. Yo los odiaba a los dos. No quería a aquel papá postizo. Solamente duraron algo así como dos meses. Mamá volvió a golpearme.

Un segundo hombre llegó, de nombre Manuel y mamá otra vez ocupó sus energías a amar a aquél. Éste no me caía tan mal, puesto que me trataba muy bien, incluso le gustaba quedarse en mi cama a jugar. Aunque eran unos juegos muy raros, ya que uno debía estar completamente desnudo, era como un doctor. Tenía que tocar todo para saber donde estaba la enfermedad, pero este juego solamente lo practicamos cuando mamá salía a trabajar.

Manuel hizo algo que me lastimó mucho, ahora estoy en el hospital, esperando no sé que, ya he perdido mucha sangre así que me siento muy débil. Lo único que mantiene despierta es pensar que mi papá ahora está escribiendo esa tercera carta y que pronto la tendré entre mis manos…

lunes, 19 de enero de 2009

Esperanza


Una mañana cualquiera, sin ganas de nada, echado sobre el césped de Caña Hueca. En esos días en que estás tan deprimido que empiezas a confrontar a los grandes: Kant, Marx, Platón, Sócrates, etcétera, con tus pequeñas guerrillas internas. Casi me quedaba dormido cuando el azar me golpeó en forma de pelota. Si estás adormilado, con problemas existenciales y recibes un golpe en pleno rostro, ¿qué harías? Yo me levante echando madres y babeante de coraje. Entonces apareció ella, con su timbre de niña buena, diciendo: “Usted perdone, lo que pasa es que tenemos demasiada energía.” ¿Cómo negarle algo a aquélla criatura divina? La perdone en el acto y no sólo eso, sino que me ofrecí a recoger el balón, siempre que el ímpetu lo llevara lejos de ellas.

Así conocí a una mujer, bueno a dos, pero la otra no forma parte de esta historia.

Ella tenía un buen empleo. El mío no era tan bueno, pero suficiente para irla pasando. Nos dijimos todo, estacionados en el Café Avenida. Después la amistad evolucionó en algo que se tornó amor y el amor nos llevó a encerrarnos horas enteras en cualquier motel, teníamos sexo desenfrenado, recorrimos los caminos que los amantes exploran, después leíamos: temas de política local, nacional, literatura y hasta nos dábamos tiempo para criticar los escritos de un poeta amigo mío, compañero de trabajo.

Nunca fui tan feliz, pero la felicidad está condenada a ser efímera, que se marchó desde el momento en que ella perdió el “buen empleo”. Empezó a mostrar su peor cara, nos reuníamos sí, pero ya no hacíamos el amor, nos limitamos a leer algunos diarios.

Y como las desgracias nunca vienen solas, me llegó a mí también el desempleo. Como dos desempleados que éramos, tuvimos que acudir a la biblioteca pública para leer algo, casi no hablamos. Y cuando creía que el fin se acercaba, ella, después de un silencio muy prolongado, dijo:

-Mira no todo está perdido, cayó el Muro de Berlín, las cosas mejorarán…


Eran finales de los ochenta, exactamente un 10 de noviembre de 1989. Las cosas no mejoraron, yo me casé con otra persona y ella se fue a Australia en busca de trabajo.

miércoles, 7 de enero de 2009

El obsequio


Dedicado a esas personitas
que incansablemente soportan
a clientes como yo.

Cuando tengo que regalar algo, invariablemente me pierdo en tres premisas: la primera, que sea barato; la segunda, que sea bueno; la tercera, que sea bonito. Así que hace algunos días tuve que lidiar con esas tres razones. El evento: una boda de una amiga. Me despertaba a la una de la mañana atormentado por el pensamiento de no poder dar con un obsequio que reuniera las tres famosas “b”.

Cuestioné a algunos conocidos sobre que regalarle a alguien que se casa. Recibí múltiples sugerencias que iban desde un par de toallas “El y Ella” hasta un par de anillos.

Cuando se acercaba la fecha fatal y declarándome incapaz de encontrar algo idóneo decidí preguntarle a la susodicha:

-Lo que tú quieras, lo importante es tu presencia.

Respuesta que me pareció bastante diplomática, pero que no lograba resolver el asunto.

-No, dime que te gustaría recibir, -insistí.

-Mmm, quizá un auto.

Ella sabía que eso estaba fuera de mi alcance, pero entendí el mensaje: ¿Para qué preguntas si no me vas a dar lo que te pida?

No puedo negar que ella me atrae fuertemente. Así que medio en broma medio en serio, le dije:

-De alguna forma me gustaría estar presente en la intimidad contigo. Descubrir tus ganas, cubrirte del frío invierno que tenemos en Tuxtla. Así que no encuentro otra forma que regalarte unos calzones.

-Ah, eso me parece bien, dijo sin el menor atisbo de dudas.

Así que ahí me tienen buscando una prenda en una de las muchas tiendas de lencería. Las chicas que atienden esa clase de negocios, al menos las que yo visité, se mostraron muy amables.

-¿Busca algo en especial?, preguntaban.

¡Y claro que buscaba algo verdaderamente especial!

Cuando por fin di con algo adecuado, una tanguita de fino encaje, descubrí con estupor que me faltaba lo más importante: saber las medidas. Pero estoy acostumbrado a sortear veredas inexpugnables, así que, tomando un pequeño impulso, como tigre a su presa. Me apoderé de las caderas de la empleada, que asustada y sin tiempo de reaccionar, esbozaba una sonrisa forzadísima.

Después de mil disculpas, todavía jadeante, dije: “son justas como las de usted”.

lunes, 17 de noviembre de 2008

De porqué cobro como jefa


Muchas veces he pensado que para ser jefa de algo, de lo que sea, debo cultivar algunos atributos inherentes a las personas que están al frente de un grupo de personas. Estoy segura que deben ser seres especiales, con cualidades que no posee cualquier mortal. No sé si alguna vez logre poseerlas, pero es que son realmente admirables. Para que me entiendan les voy a contar lo que me pasó ayer.

El jefe de la coordinación donde trabajo mandó a llamarme, hombre que tiene fama de duro. Estaba muy nerviosa, casi ni sentía las piernas, no lograba articular las ideas y además pequeñas gotitas de orina mojaban mi ropa interior. Es que llevo algo así como tres meses en esta dependencia de gobierno. Entré recomendada por un primo, la cosa está en que desde que ingresé no he tenido nada que hacer, lo único que he hecho es cobrar las quincenas.

Seguramente me va a despedir, estoy segura, estoy segura. Me repetía mentalmente. Le conté a mi primo, el que me recomendó: “tranquila no pasa nada, lo más que puede pasar es que te cambien de área, así que no hay de que preocuparse”, me dijo.

La oficina del coordinador estaba muy fría, el aire acondicionado trabajando al máximo, -seguía yo temblando-. Detrás de su escritorio parecía ser un dios griego.

-¡Buenos días, licenciado! Saludé.

-Buenos días, Paola. Mire, iré directo al grano, ya sabe como soy –prosiguió-. La he mandado a llamar para informarle que estoy muy complacido con su trabajo…

Siguió diciendo cosas: que la gente como yo merecía estímulos, que podía llegar a ser jefa de área, etcétera. Pero yo estaba tan sorprendida que dejé de ponerle atención y la pregunta, obvia era: ¿Cómo diablos supo que tengo todas esas condiciones? Sino había movido un dedo en tres meses, más que para firmar la nómina.

-Quiero que vaya a las oficinas centrales. Sepa usted que no cualquiera puede estar ahí.

-¿Cuándo?-. Alcancé a preguntar.

-Inmediatamente. ¿Qué me responde?

No podía decir que no.

-Me parece la mejor decisión -y me tendió la mano felicitándome-. Póngase en contacto con Carmelita, concluyó.

Las oficinas centrales están en el mismo edificio, así que no me llevó mucho tiempo reportarme con la tal Carmelita.

-Buenos días, licenciada.

-Buenos días, Paola. Ya te estaba esperando, el licenciado Carlos me informó que tú vendrías. Al director general le gusta dar la bienvenida a toda persona que colaborará con nosotros. Así que pásale a la oficina del ingeniero. -Me hizo un gesto que leí como: “pórtate bien, disfrútalo y así es esto niña”.

-¡Buenos días, ingeniero!

-¡Buenos días, pásale, pásale, Pao! Parecía muy complacido, su amplia sonrisa lo delataba. Como perro de caza, casi babeaba.

Solamente tenía dos alternativas: abrirme camino por otro lado o abrir las piernas. Decidí lo segundo. Creo que fue la mejor decisión. Porque cuando lo tenía desnudo, indefenso, sin sus achichincles, me dijo al oído: “desde mañana cobrarás como jefa de área”.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Adolescencia




Cuando aquella chica gordita, de ojos grandes, un poco pecosita. Se acercó para decirme: “estoy enamorada de ti”.

Me sentí indignado. Yo que me creía un dios no podía mezclarme con seres tan poco dotados de belleza. Corrían los años ochentas y era estudiante de secundaria, en plena adolescencia, no quería reconocer que realmente tenía un miedo terrible a tener una relación amorosa.

Ella después de declararse salió corriendo, esperando que yo la siguiera, pero me quedé filosofando, pensando en lo débil que es la carne. Creyendo que era dueño de este mundo y del otro. Esto pasó un viernes.

El problema fue el lunes. Ella empezó a contar entre sus amigas que yo era mampo. Las risitas de las niñas cuando pasaba cerca de ellas me ponían sumamente nervioso, que ocultaba endureciendo el rostro, dando un mensaje que decía: “yo soy adulto y ustedes una niñas”.

En vista de que yo no hacía nada por acercármele, ella se hizo novia de Manuel, mi mejor amigo. Para desgracia mía él me contaba todo lo que hacían juntos. Por dentro me moría de envidia. Pero al exterior decía no importarme, lo que yo quería era ser sacerdote, llevar una vida de celibato.

Así transcurrió mi primer año en la escuela secundaria del estado.

Para el segundo año ya no podía ocultar “mis ganas”, pero ya estaba etiquetado como homosexual. Las chicas me miraban como una amiga y no como un prospecto a novio.

A pesar de mis lecturas que me hacían creerme superior, tuve que confesarme incapaz de hallar una solución, así que decidí consultarlo con la trabajadora social, que era una psicóloga, muy guapa por cierto.

-Vamos a ver Samayoa, como está el asunto que planteas.

Le conté de pe a pa de mis sentimientos.

Ya por ese tiempo me daba por escribir poemas, así que dedicaba muchos de mis escritos a la maestra Rosa, que era el nombre de la psicóloga. Hasta que un día decidí enseñárselos y con voz firme se los leí uno a uno hasta terminarlos todos. Ella quedó sorprendida. Sólo alcanzó a decir “déjamelos los quiero leer con calma”.

Desde ese día sentí que se estableció un vínculo muy grande entre ella y yo. Me contaba de sus problemas con su marido, de la poca atención que este le brindaba, de la falta de cariño y cuando lo decía se inclinaba hacía adelante descubriendo el nacimiento de los senos, me tomaba de las manos y las frotaba, me jalaba hacia su pecho:

-Siente mi corazón como sufre cuando te cuento esto.

La maestra Rosa tenía treinta años y yo catorce, pero eso no fue obstáculo para que yo la amara una y otra vez, sobre todo los fines de semana, cuando su esposo no estaba en casa.

Descubrí el amor entre sus piernas y de sus labios escuché las palabras que me hicieron un engreído.

Todo se me viene a la memoria, cuando escucho en la tele una noticia en la que un chico de secundaria acusó a su maestra de acoso sexual. Pienso que realmente no fue él. Sino sus padres. Él estaría feliz disfrutando de sus enseñanzas.

lunes, 3 de noviembre de 2008

El canto de Afrodita


Dedicado a mi amiga,
que va por ahí guardando este secreto.


La cosa empezó de forma trivial, era un día más en la vida de Cayetana, pero todo se salió de control cuando Rolando dijo aquella palabra. Fue la que desató la tormenta. Aún ahora después de varios años resuena en su mente tan viva y cruel como si hubiera sido ayer: “Puta, puta, puta…hasta la eternidad”.

-Acérquese más a su iglesia, sugirió el doctor.

-Lo he intentando doctor, bien sabe Dios que lo he intentado, pero no puedo creer en alguien que se desaparece por años y deja a sus hijos en total desamparo.

-Algo tenemos que hacer, a ese paso mañana no amanecerá.

El consultorio del doctor Sánchez, ubicado en una de las avenidas más populosas de la ciudad, irradia una atmósfera de armonía y absoluta tranquilidad, que contrasta con lo que ocurre afuera.

-La cosa, la maldita cosa es que no logramos que deje de escuchar esa palabreja. Si tan solo un segundo se liberara de ella, bastaría para tener cierta mejoría.

-Vamos intentar lo último que se me ocurre, dijo el doctor. Y empezó a despojarla a tirones de su vestimenta. Ella se dejó hacer primero y después tomó el control, abalanzándose sobre el volcán ardiente, para intentar calmar la sed que la mataba, en ese río que fluía placer. Gemía, gozaba con el doctor dentro de ella.

Cuando la tormenta amainó, el doctor Sánchez, como científico que acaba de terminar un experimento, haciendo anotaciones en su pequeño cuaderno, empezó:

-Rolando su exesposo tenía razón. Y no hay remedio posible, es su naturaleza, seguirá así por los siglos de los siglos…

Cayetana no alcanzaba a comprender totalmente el diagnóstico, pero algo le decía que tenía razón, era una fuerza superior que le nacía en el vientre y que poco a poco la envolvía toda, hasta convertirla en lo que era: una ninfómana.